Mucho oímos hablar de estos temas, pero no siempre sabemos como abordarlos, tal vez ni entenderlos claramente, menos aún, en un mundo lleno de teorías psicológicas, de éticas de bolsillo, de frases hechas a la medida de lo que cada cual opina, en cada momento de la vida, y que termina por convertirse en un verdadero “berenjenal” de ideas que, nos confunde y paraliza.

Si te identificas con esto, entonces es que eres honesto contigo mismo, y te aseguro, que no eres diferente de prácticamente todos los que vivimos en este espléndido siglo XXI, aunque, desde luego, no todos lo aceptan.

Libertad suena a ese paraíso maravilloso, ese lugar mágico, en el que se puede hacer cualquier cosa que nos venga en gana, justamente sin limitaciones y sin limite, pero, ¿Hasta dónde y hasta cuándo queremos que continúe? Y por paradójico que parezca, justamente es ese límite de saciedad, de desear que termine, lo que llega a ponerle fin.

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Creemos que la libertad es ilimitación, pero sin duda, no podría serlo, porque ¿Cuál sería el parámetro para una nueva elección de hacer lo que “nos de la gana”?

Los limites son esos referentes o “marcas del camino” que permiten dar cuenta de la experiencia y su final. Son los límites los que nos permiten distinguir entre lo que nos gusta y nos lastima… Los límites nos permiten saber si hemos llegado o no, o si hemos de redirigir nuestro ejercicio de vida para lograr lo que elegimos lograr.

Y tal vez merece la pena subrayar “ELEGIR”, pues el real ejercicio de la libertad es, justamente, elegir, lo que implica, aceptar todas las experiencias que mi elección conlleva y renunciar a todas aquellas que estarían implicadas en lo que no elegí.

¿Y los límites? Justamente aquello que delimita y hace marcas en el camino, facilitando mi experiencia elegida…